"Tenemos sed de poetas"
me cuentan mis manos
cargadas de espanto.
¿Acaso eres tú, bailona soledad
a la que un día amé
y vienes hoy a temblar
tras de mí?
La vida pesa infinitos kilos de podredumbre;
y tú, ¿dónde estás para ayudarme?
Sé que vuelvas.
¿Y los demás?
Huídos todos a sillones lejos.
Ya casi no volvais
con una estampa marchita.
Tampoco puedo anunciar
un festín de primaveras,
pero ya todos seremos.
¿Cuánto queda, papá?
Aquí queda, hijo. Empieza.
Pero ¡ay!, no pudo.
Un poema bastante obtuso, que apenas yo consigo descifrar al completo, pero es lo que ese día me dictó el agobio. Se aceptan (y requieren) interpretaciones por parte de los recogebotellas.